“El peor enemigo”
Un hombre, admirable por las cualidades de trabajo y por las hermosas virtudes del carácter, fue visto por los enemigos de la humanidad que conocemos por ignorancia, calumnia, maldad, discordia, vanidad, pereza y desanimo, los cuales trataron, entre sí, actuar contra él, conduciéndolo a la derrota. El honrado trabajador vivía feliz, entre familiares y compañeros, cultivando el campo y rindiendo gracias al Señor Supremo por las alegrías que disfrutaba en el placer de ser útil. La ignorancia comenzó a tramar la persecución, presentándolo al pueblo como mal observador de las obligaciones religiosas. Se insolaba en el trabajo de la tierra, lleno de ambiciones desmedidas para enriquecerse a costa del sudor ajeno. No tenía fe, ni respetaba las buenas costumbres. El labrador activo recibió las noticias del adversario que operaba, desde lejos, sonrió con calma y habló con sinceridad: _ La ignorancia está disculpada. Surgió, entonces, la calumnia y lo denunció a las autoridades como espía de extraños intereses. Aquel hombre vivía, casi solo, para comunicarse mejor con una vasta cuadrilla de ladrones. El servicio policial le hizo minuciosas averiguaciones y al terminar del interrogatorio que lo vejó, la víctima afirmó sin odio: -La Calumnia estaba engañada.Y trabajó con doblado valor moral. Luego, más tarde, vino la Maldad, que lo atacó de más cerca. Comenzó la ofensiva, incendiándole el campo. Le destruyó maizales enormes, le perjudico la viña, le ensució las fuentes. Sin embargo, el operario incansable, reconstruyendo para el futuro, respondió sereno: - Contra las sombras del mal, tengo la luz del bien. Reconociendo los perseguidores que habían encontrado un espíritu robusto en la fe, instruyeron a la discordia que pasó a asediarlo dentro de la propia casa. Las provocaciones lo cercaron por todos lados y, en breve tiempo, hermanos y amigos de la víspera lo relegaron al abandono. El siervo diligente, en esa ocasión, sufrió bastante, pero levantó sus ojos para el cielo y hablo: - Mi Dios y mi señor, estoy solo, no obstante, continuaré actúan doy sirviendo en tu nombre. La discordia será por mí olvidada. Apareció, entonces, la Vanidad que lo buscó en los aposentos más íntimos, afirmándole: -¡Eres un gran héroe. . . venciste aflicciones y batallas! ¡Serás visto por la multitud con la aureola de los justos y de los santos!. . . El trabajador sincero la repelió imperturbable: -¡Soy apenas un átomo que respira. Toda la gloria pertenece a Dios! Ausentándose la Vanidad con desilusión, entró la Pereza y, acariciándole la frente con manos traicioneras, afianzó: -Tus sacrificios son excesivos. . . ¡vamos al reposo! ¡Ya perdiste las mejores fuerzas! . . . Vigilante, con todo, el interpelado replicó sin titubear: -Mi deber es servir en beneficio de todos, hasta el fin de la lucha. Apartándose la Pereza vencida, el Desánimo compareció. No atacó de lejos, ni de cerca. No se sentó en una poltrona para conversar, ni le cuchicheó en los oídos. Entró en el corazón del diligente labrador y, después de instalarse hacia dentro, comenzó a preguntarle: -¿Esforzarte para qué? ¿Servir porqué? ¿No ves que el mundo está repleto de colaboradores más competentes? ¿Qué razón justifica tamaña lucha? ¿Quién lo mando a nacer en este cuerpo? ¿No fue determinación del propio Dios? ¿No será mejor dejar todo por cuenta de dios mismo? ¿Qué espera? ¿Sebe acaso, el objetivo de la vida? Todo es inútil. ..¿No se recuerda de que la muerte destruirá todo? El hombre fuerte y valeroso, que triunfara en muchos combates, comenzó a oír las interrogaciones del desánimo, se acostó y paso cien años sin levantarse,. . . Francisco Cándido Xavier.
Por el espíritu Neio Lúcio.























